¿DEBATE O DESTAPE?

El debate que vimos hace unas semanas, ciertamente sorprendió a muchos. Tanto por el tipo de expresiones de algunos candidatos, tales como, por ejemplo, “los delincuentes que hoy están gobernando”; “todos los derechos en Chile están conculcados y no existes”; “hemos planteado la condonación… de todas las deudas hasta 60 millones de pesos”. Pero la sorpresa también fue debida a los lugares comunes, las frases repetidas y complacientes para el electorado de regiones.

Se ha argumentado que no se trató de un debate, ya que el diseño empleado era muy rígido y no permitía la interpelación entre los candidatos. La verdad es que un debate con 8 candidatos no resulta del todo muy factible de llevar a cabo. Ni menos si Bachelet hubiese asistido. Resulta muy poco probable que exista algún diseño que lo permita. Claro, en febrero de este año, previo a las elecciones presidenciales de marzo en Kenia, los 8 candidatos se enfrentaron en un debate que duró 210 minutos y en el último debate presidencial en Irán (en junio), en que participaron también 8 candidatos, duró más de 240 minutos, el doble del nuestro.

Todo “debate” está sujeto a reglas y condiciones que establecen las distintas candidaturas (el caso norteamericano es clásico). Esto cobra especial relevancia cuando se enfrentan candidatos de muy baja representación con otros de alto respaldo. Los primeros están conscientes de que —y si no lo están sería penoso— sus candidaturas son testimoniales y buscan levantar o mantener temas en la agenda (por ejemplo, los humanistas-verdes que desde 1993 han presentado candidatos cuyos porcentajes de votación no superan el 1,5% con la excepción de 2005 en que fueron en alianza con el PC). Por el contrario, los segundos tienen que responder a segmentos importantes del electorado y a partidos o coaliciones, con representación legislativa, y en consecuencia las exigencias frente a las distintas audiencias son mucho mayores.

Adicionalmente, la tentación efectista que ofrecen las campañas electorales, sobre todo cuando hay una amplia cobertura mediática, es un factor decisivo, dados los tiempos televisivos y el formato. En consecuencia, se busca interpelar al televidente con frases grandilocuentes o respuestas que no dicen nada o que no son respuestas propiamente tales.
Por último, el modelo de segunda vuelta es posible que incentive un mayor número de candidatos (supuesto que existe algún tipo de financiamiento), ya que el costo de la dispersión de votos de partidos que presentan sus propios candidatos, en vez de buscar acuerdos, es muy alto. Además, al parecer los sistemas de dos vueltas generan la posibilidad de cierto voto “sincero” en la primera, y uno estratégico en la segunda, si bien no de manera generalizada, al menos en algunos electores.

Más que el diseño del debate, el que no cabe duda que incide, el problema es el número de candidatos. Más que la capacidad o no de los conductores, periodistas y preguntas, tiene que ver con una combinación desastrosa de número de candidatos con los pesos electorales de cada uno de ellos, lo que da como resultado objetivos completamente distintos a la hora de participar.

¿Tiene solución este problema? A menos que se introduzcan cambios más estructurales, tales como que no baste tener un número determinado de firmas para ser candidato, puesto que ello incentiva cierto oportunismo de última hora (candidatos sin partido, descolgados o aventureros); podría exigirse el apoyo de partidos ya establecidos, por ejemplo, con al menos una elección en funcionamiento. Una propuesta como ésta puede ser criticada como antidemocrática, pero también lo sería que no se invitara a todos los candidatos a un debate televisado, aunque fuera de una institución privada. En todo caso, el hecho de establecer criterios más estrictos para ser candidato tiene la ventaja de asegurar cierta institucionalización del proceso electoral.

Para Tejemedios escribió:
EUGENIO GUZMÁN ASTETE
LICENCIADO EN SOCIOLOGÍA
MÁSTER EN CIENCIAS DE LA SOCIOLOGÍA